‘Vestidos para matar’ por Javier Glez. de Durana

Ubay Murillo - ARTIZAR

A propósito de la última obra de Ubay Murillo

Javier González de Durana

La historiografía del arte ha concedido escasa atención a la creatividad volcada en la elaboración de indumentarias. A pesar de que para realizarlas es necesario tener habilidades para el dibujo y la geometría descriptiva, la composición cromática y volumétrica, la construcción espacial… -o habilidad para coordinar todo eso en busca de materializar ideas creativas-, los libros de arte apenas han dedicado un par de párrafos condescendientes para referirse a la vestimenta.

El vestido carecía de un legado histórico comparable a la pintura, la escultura y, no digamos, la arquitectura. A pesar de compartir con esta última el carácter de confección (con-facere), de tarea que exige la intervención de diversos saberes muy especializados, su cooperativismo iba en contra de lo que tanto gustaba a la tradición romántica del arte, el genio individual. La propia fragilidad del textil hacía imposible su transmisión en el tiempo más allá de unos pocos años, quizás décadas…, y los materiales, aunque hermosos y seductores, carecían de la nobleza del óleo, la solidez del mármol o la majestuosa resistencia frente al tiempo del arco.

Se pensaba que la indumentaria era el resultado voluntariamente efímero de cierta labor creativa situada un peldaño por arriba del artesanado pero dos escalones por debajo del arte. Velázquez podía dedicar dos terceras partes de un lienzo suyo a plasmar el vestido de la Infanta Margarita y Zurbarán centrar el esfuerzo en representar fidedignamente los brocados y las capas de seda en sus Santas, pero el mérito artístico era de los pintores, en ningún caso de quienes crearon aquellos tejidos que los pintores se afanaban en trasladar a sus pinturas.

¿Qué tendrían para que los admiraran de semejante manera? ¿No eran artes funcionales o decorativas, tanto unos como otros? ¿No servían los primeros para cubrir cuerpos y los segundos, muros de palacios e iglesias?

Ubay Murillo - ARTIZAR 28Tan sólo en el siglo XX, cuando con los movimientos de vanguardia las mujeres pasaron a mostrar personalidades artísticas poderosas -caso de Sonia Delauney o Liuvov Popova-, las alusiones al hecho de que, además de ser artistas, eran diseñadoras de ropa aumentaron, pero casi como una consecuencia de que esa faceta de su creatividad estaba vinculada… a la circunstancia de ser mujeres. Labores de chicas, pensaban los historiadores varones; tan experimental e innovador como el resto de su obra, sí, vale, de acuerdo, pero, al fin y al cabo, cosa de mujeres.

Si, además, el trabajo de esas artistas resultaba contemporáneo al quehacer de aquellas otras -Jeanne Lanvin, Coco Chanel, Madame Grés, Madeleine Vionnet…- que desde los puntos accesibles del mercado cambiaron la ropa real que vestían las mujeres en la cotidianidad, liberando su cuerpo de siluetas absurdas y envaramientos mortificantes…, la conclusión resultaba obvia: diseñar espacios textiles para el cuerpo individual era asunto de ellas.

Ese punto de vista empezaría a cambiar tras la 2ª Guerra Mundial, con la llegada de una generación de hombres al mundo de la moda: Cristóbal Balenciaga, Christian Dior, Hubert de Givenchy, Yves Saint Laurent…; pero los historiadores del arte, varones pegados a valores de la historiografía del siglo XIX y, en ocasiones, a un falso progresismo, los trataron con la desconsideración de quien sólo veía en ellos a homosexuales cuyo trabajo se orientaba a la satisfacción de deseos de élites económicas femeninas nostálgicas de un pasado esplendoroso.

Ubay Murillo - ARTIZAR 20La postguerra también permitió constatar que las artes de vanguardia no traerían la libertad y el joie-de-vivre al ser humano, que esas artes no serían la herramienta precisa para que las gentes se desencadenaran de prejuicios históricos y tabúes mentales. Se suponía que arte de vanguardia, libertad individual y redención social caminarían de la mano, pero nada de eso ocurrió. Al revés: el arte se ensimismó, casi se desentendió de la vida y al punto bordeó la esterilidad.

La venganza de la moda sobre los historiadores que la menospreciaron se escenifica en los museos de arte desde hace unos pocos años: las exposiciones de diseñadores de ropa crecen en las programaciones museísticas y, además, se encuentran entre las más visitadas por el público general. Las vanguardias artísticas del siglo XX renegaron del museo pero terminaron entrando en él, complacidas; en cambio, la vestimenta, que nunca rechazó ni aspiró a la bendición de este escenario, es invitada a ocupar el puesto que durante tanto tiempo vio que se le negaba en él.

A partir de la aparición del prêt-à-porter durante los años 60 el mundo de la indumentaria se fue democratizando, llegando a más y más personas, devolviendo el cuerpo a la naturaleza y poniendo en las manos de cada individuo la posibilidad de configurar su particular out-fit, su visible seña de identidad personal, convirtiéndolo en un ser creativo por y para sí mismo. Lo que pretendía el arte de vanguardia -todos artistas- ha terminado por lograrlo la moda y su oferta: económicamente accesible, formalmente diversificada, ideológicamente igualitaria y estéticamente desprejuiciada. Desde las aristocráticas cumbres de la haute-couture descendió un baño masivo de ropa de calidad razonable y amplísima variedad que permitió presentar a cada individuo en las antípodas del uniforme eterno, es decir, digno y diferente cada día de su vida, si así lo desea, profesando un individualismo acentuado.

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Sin embargo, aquella ganancia comporta algunas pérdidas, por ejemplo, los colectivos sociales se hacen menos perceptibles a medida que cada cuerpo individual se torna más singular y, a su vez, este último tiende a la desaparición al autorizar a la indumentaria que declare lo que su portador es, al asumir éste su vestimenta -el qué- como su pensamiento en perjuicio de la oralidad -el quién-. La indumentaria puede llegar a invisibilizar el cuerpo de su portador. Lo que se dice, lo que se afirma tiene cada vez menos importancia y valor; las opiniones carecen de peso, mientras la imagen personal mostrada adquiere densidad y elocuencia.

La cuestión es si ese vaciado de pensamiento no es otro tipo de uniformización más peligrosa. Si ahora, por debajo de la diversidad visual, no están creciendo unas actitudes fáciles de manipular por intereses económicos y políticos, una nueva clase de fascismo, tan estético como el anterior, pero adecuado al tiempo presente. Los grupos violentos que campean por Europa no renuncian a la estetización de sus actuaciones y puestas en escena, pero salvo rudos vestuarios de tribu deudores de la parafernalia nazi, hoy la manipulación política juega con la diversidad individual, excitándola, para sembrar su semilla violenta bajo imaginarios after-punk, post-gothic, black-metal, satánicos…, entremezclados con acentos de glamour, alcanzando puntuales niveles de elaborada sofisticación en países escandinavos.

Resulta significativo que estas pinturas de Ubay Murillo en las que observamos vestidos sin cuerpo, fantasmalmente suspendidos en el aire, hayan sido realizadas en paralelo a otro par de temas con los que se pueden encontrar vínculos en torno a las ideas de indumentaria, desaparición y temor.

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Se trata, por una parte, de la serie Big Smile, en la que contemplamos sujetos ataviados con dandismo incuestionable, sin bien austero, que nos muestran inquietantes sonrisas -o muecas de sonrisas en labios de carnosidad desmesurada- como anuncios de un apetito agresivo y voraz. Sus bocas, como trasladadas desde otro lugar a sus rostros, sin embargo, no están acompañados por cuerpos dionisíacos, sino por otros más bien enjutos, casi demacrados. Ello nos indica que su posible voracidad está orientada hacia otros objetivos diferentes y su delgadez corre paralela a la que muestran las modelos de alta costura contemporánea, anoréxicas hasta la extremosidad e igualmente impostadas por los trucos de la manipulación digital, pero que alientan la enfermiza imitación real.

¿Qué provoca la sonrisa de estos individuos de mirada aviesa bajo el sombrero o encarados frontalmente al sol? ¿Entre qué extremos mentales se mueven para, en un caso, mirar de soslayo al amparo de una sombra artificial y, en otro, ofrecer el rostro a la claridad cruda? Como en los casos de algunos políticos que han acostumbrado a sus gobernados a las malas noticias, lo preocupante, lo que de verdad produce pavor, no es ya la siguiente mala noticia, sino el hecho de que sonrían. Es ese íntimo regocijo lo que despierta en los gobernados sus más profundos miedos.

Ubay Murillo - ARTIZAR 09Por otra parte, lo interesante alrededor de El resto (aprés Géricault), ambientado en interiores que podría recordar un burdel con pretensiones, es la fragmentación con la que están construidas las escenas y la desubicación de ciertos órganos humanos, como si los cuerpos fueron unos collages arbitrarios y los resultados de semejante manipulación, unas monstruosidades que visten sedas y beben champgne. Los cuerpos de mujeres, desmayados sobre superficies menos duras que los tablones de La balsa de Medusa, no remiten a una catástrofe naval por culpa de la incompetencia política, sino al hundimiento de un “bienestar europeo” cuyo causante -siendo el mismo que en 1818-19, esto es, el abuso negligente del poder- no está representado, de la misma manera que en la pintura de Géricault el canibalismo entre los náufragos tampoco se mostró por pudor.

La desarticulación de un cuerpo requiere de su previa fragmentación y, si la necesidad aprieta, algunos de esos fragmentos, los más sabrosos, como en la balsa de Medusa, pueden ser canibalizados. Así, en tiempos de crisis podemos sobrevivir a base de acabar con el cuerpo (social) que habíamos logrado conseguir que fuéramos o con el sueño de que se podía llegar a ser ese cuerpo. Autofagia, necrofagia o una mezcla de ambas; en todo caso, llevados por el camino directo hacia una sociedad zombie.

Vestir, individualizar, enmudecer, comer, adelgazar, desaparecer…, naufragar, canibalizar y, sobre el resto, quizás reconstruir. Creo que Ubay Murillo es consciente de todo esto, de que viejos fantasmas con nuevos vestidos para matar emigrantes, homosexuales, musulmanes -los nuevos judíos-, multiculturalistas, mujeres -feministas o no-…, invisibilizarlos o despojarles de sus derechos, recorren Europa  y que, con delicado tacto, lo traslada a sus pinturas a modo de preguntas.

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